Estudiar es una de las formas de aprendizaje, la más común, pero no la única. Muchas veces aprende más el que experimenta que el que lee y memoriza.

Entonces, si quienes educamos tenemos en cuenta los momentos en los que el potencial emocional y cognitivo está abierto a nuevas experiencias, como en vacaciones, fiestas y tiempos de relax; podemos proponer actividades creativas que fortalezcan los procesos intelectuales, la autoestima y la creatividad de forma divertida.

Tanto en la familia como en las actividades extraescolares se pueden proponer ideas que despierten el entusiasmo como:

Jugar al amigo/a invisible con regalos artesanales hechos por uno mismo o cartas a nuestra/o amiga/o.

Hacer un belén diferente con material reciclado. Hacer disfraces para reyes.

Buscar recetas de cocina y realizar comidas o dulces para la familia.

Inventar su propia receta con ingredientes personalizados y grabarla para compartir en redes sociales.

Escribir un diario de vacaciones contando las anécdotas que se desee guardar en el recuerdo. Jugar en grupo a juegos de rol, etc.

Lo importante es tener en cuenta el nivel de comprensión de cada niña o niño para presentar situaciones apropiadas a ese nivel, procurando que sea un desafío que requiera concentrarse y buscar situaciones nuevas pero de manera que sea posible alcanzar ese objetivo que se necesita para resolver el dilema. En este sentido, se debería mantener siempre la presencia de quien media o guía en este proceso para acompañar a las niñas o niños mientras exploran y llegan al final del aprendizaje propuesto.